Nuestro lago de Amatitlán agoniza

Mi artículo es otro de los cientos que se han escrito acerca de la agonía del lago de Amatitlán, y nada sucede, sino simplemente observamos con pasividad esos grandes promontorios de basura que lo cubren y una nata verde de color gelatinoso horrible que se mueve cadenciosamente de lado a lado.

Ni las aguas mágicas de la ex vicepresidenta que adquirió a uno de esos mercaderes que abundan en el mundo por una enorme suma de dólares que fue a parar a bolsillos particulares, ni las plantas que colocan para extraer la inmundicia, ni los discursos grandilocuentes del Ministerio de Ambiente  y otras medidas colaterales, logran salvar la vida del lago de Amatitlán.

La verdad es la inmundicia que corroe sus entrañas, la cual provee la mitad de la ciudad capital y otros tantos municipios que vierten tanta cochinada en unos pequeños zanjones en las que circulan líquidos de muerte. Las fábricas vierten sus químicos, las casas vacían los inodoros y todos los que viven cerca del lago arrojan todo tipo de basura en el cual sobresalen abultadamente las “benditas bolsas plásticas”.

Faltan pantalones bien amarrados, o sea “huevos” en el verdadero sentido de la jerga chapina, para asumir con verdadera responsabilidad ciudadana la posible salvación de este otrora rincón de romances y paseos dominicales.

La verdad, no logro explicarme, ni mucho menos pensar que los habitantes que viven en todos los alrededores del lago de Amatitlán no se den cuenta de lo que están perdiendo. No veo por ningún lado conciencia ciudadana. Si, ahora la nata que flota sobre aguas contaminadas mañana será un pantano lleno de zancudos que traerán miles de enfermedades que no podrán curar los hospitales.

Recientemente visité el lago de Managua en Nicaragua y me dio tanto gusto caminar a su alrededor, observar los juegos infantiles, jardines con flores de todos los colores, centros de comida típica en los cuales se notaba una higiene total y sobre todo, el lago no soltaba malos olores como si lo tuvo hace algunos años. ¿Qué fue lo que ahí sucedió? Resulta que el gobierno, la iniciativa privada, los ciudadanos y la cooperación alemana tomaron cartas en el asunto y rescataron estas aguas que ahora se convierte en un paseo necesario para turistas bautizado con el nombre de “Salvador Allende”.

Me quedé por unos minutos sentado en una banca rodeado de flores, pensando con cierta pesadumbre de porqué en Guatemala con un lago a la orilla de la urbe ¿no se puede hacer algo similar? ¿Es posible que los guatemaltecos padezcamos patológicamente de una especie de sadismo-masoquismo? ¿Qué es lo que nos falta para salvar  la agonía del lago de Amatitlán? Y la respuesta es, falta  voluntad. Sin esto, nada es posible. Nada puede cambiar.

Pienso que si el actual gobierno central y todas las municipalidades juntas, tan sólo salvaran este lago, sería suficiente para que ellos mismos se salvaran del latrocinio público y se llenaran de gloria. A lo mejor con esta acción quizás algunos alcaldes hasta se podrían reelegir sin demagogia y falsos discursos fantasiosos.

Aún tengo una leve esperanza que el motor de la vida, o sea, ese deseo irresistible de vivir, el Eros que nos eleva al amor de la vida, los haga resucitar de ese letargo en el cual se ahogan ellos mismos en las aguas marmóreas del lago de Amatitlán. O saltan a la vida o se hunden en el abismo de la inmundicia. Es la hora de actuar.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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Source: Siglo XXI

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